
El lenguaje de los espíritus inferiores o vulgares tiene siempre algún reflejo de las pasiones humanas.
Toda expresión que indique bajeza, presunción, arrogancia, fanfarronería, acrimonia, es indicio característico de inferioridad, o de fraude si el espíritu se presenta bajo un nombre respetable y venerado.
El lenguaje de los espíritus elevados es siempre idéntico, si no lo es en la forma, por lo menos en cuanto al fondo; no son contradictorios.
Los buenos espíritus no dicen sino aquello que saben, se callan o confiesan su ignorancia sobre lo que no saben.
Los malos hablan de todo, con seguridad, sin preocuparse por la verdad.
Toda herejía científica notoria, todo principio que choque al sentido común, muestra claramente el fraude si el espíritu se dice esclarecido.
Es fácil reconocer a los espíritus livianos por la facilidad con que predicen el futuro y precisan hechos materiales que no nos es dado a conocer.
Los buenos espíritus pueden hacer presentir las cosas futuras sólo cuando ese conocimiento fuera útil, pero jamás precisarán fechas: todo anuncio de acontecimientos con época fijada es indicio de una mistificación.
Los espíritus elevados se expresan de manera simple, sin la ornamentación en el uso del lenguaje.
Su estilo es conciso, sin que por ello se excluya la poesía de ideas, conteniendo siempre expresiones inteligibles y al alcance de todos, sin exigir esfuerzo para ser comprendidos.
Tienen el arte de decir muchas cosas con pocas palabras, porque cada palabra tiene su importancia.
Los espíritus inferiores, o falsos sabios, esconden bajo la presunción y el énfasis de las palabras el vacío de sus pensamientos.
Su lenguaje, frecuentemente, es pretencioso, ridículo, u oscuro, con el objeto de querer parecer profundo, sin que realmente lo sea.
Los buenos espíritus jamás ordenan: no se imponen, aconsejan y, si no se los escucha, se retiran.
Los malos son imperiosos, dan órdenes, quieren ser obedecidos y permanecen de todas maneras.
Todo espíritu que trate de imponerse, delata su origen.
Son exclusivos y absolutos en sus opiniones, y pretenden tener, sólo ellos, el privilegio de la verdad.
Exigen una creencia ciega, y no apelan a la razón porque saben que la razón los desenmascaría.
Los buenos espíritus no lisonjean.
Aprueban cuando se hace el bien, pero siempre con reservas.
Los malos dan elogios exagerados, estimulan el orgullo y la vanidad, dejando de lado a la humildad, y procuran exaltar la importancia personal de aquellos a quienes desean captar.
Sólo los espíritus vulgares pueden dar importancia a detalles mezquinos, incompatibles con las ideas verdaderamente elevadas.
Toda prescripción meticulosa dada por parte de un espíritu que toma un nombre importante, es una señal cierta de inferioridad y de fraude.
Los buenos espíritus también pueden ser reconocidos por su prudente reserva respecto a todas las cosas que pueden comprometer,y les repugna revelar el mal.
Los espíritus livianos o malévolos se complacen en resaltar el mal.
Mientras lo buenos procuran suavizar los errores y pregonar la indulgencia, los malos los exageran y esparcen la cizaña por medio de insinuaciones pérfidas.
"Sólo los espíritus vulgares carecen de destino", sentenciaba Platón.

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